Un recorrido gastronómico por Río Ceballos de la mano de un héroe de Malvinas

En el marco de la Diplomatura en Periodismo Gastronómico de Mariano Moreno, los alumnos tienen la posibilidad de publicar sus notas en Circuito Gastronómico. La siguiente fue escrita por el alumno Pablo Yaccarino, quien es chef argentino jurado en concursos nacionales e internacionales.

El calendario marcaba el final de junio de 2024 cuando decidimos dejar atrás el cemento y el ritmo eléctrico de Villa Crespo. Junto a mi amiga Milagros, emprendimos un viaje en avión con destino a la provincia de Córdoba. Nos movía el entusiasmo de conocer y la promesa del aire serrano, pero, por sobre todas las cosas, nos movía el afecto. Al llegar al aeropuerto, nos devolvió los abrazos de quienes serían nuestros anfitriones y guías definitivos: Pablo Antonino y su compañera, Fátima.

Tomamos el colectivo que serpentea el camino hacia Río Ceballos mientras el paisaje comenzaba a transformarse en ese verde calmo que caracteriza a las Sierras Chicas. Para cualquiera, aquello era el inicio de una escapada turística de invierno; para nosotros, era ingresar al refugio personal de Pablo. Él, que en su juventud conoció la turba helada, la hostilidad y el rugido de la guerra en nuestras Islas Malvinas, había elegido la calidez y el pulso pausado de esta comunidad cordobesa para resguardar su paz cotidiana y construir su hogar.

Aquellos días de junio compartidos se convirtieron, sin saberlo, en un legado invaluable. Hoy, tras su dolorosa y partida física —que conmovió a todo Río Ceballos— en donde se decretó tres días de duelo, los lugares que nos mostró ya no son simples paradas en un mapa gastronómico o natural. Son las estaciones de una ruta de la memoria, un mapa de la hospitalidad dictado por un ser entrañable que nos enseñó a recorrer su lugar en el mundo a través de los ojos de un verdadero héroe.

Mates frente al agua y el calor del reencuentro

Nuestra primera inmersión en el ritmo de Río Ceballos fue un reflejo exacto de lo que Pablo significaba: hospitalidad y calma. Nos llevó hacia el Dique La Quebrada, transitando la clásica avenida San Martín que conecta la ciudad con la naturaleza. Allí, frente al espejo de agua y con el frío de junio recortando las sierras, el termo pasó de mano en mano. No hacía falta un gran banquete para sentirnos bienvenidos; los mates compartidos en la costanera, contemplando el paisaje que Pablo había elegido para vivir, fueron el preludio perfecto para los cuatro días que tendríamos por delante.

Al caer la noche, la bienvenida se selló formalmente en un restaurante de la zona, saboreando la cocina local y brindando por el reencuentro.

El asado de la terraza y el saludo de un pueblo

Si hay una postal que define el respeto y el cariño que Río Ceballos le tenía a Pablo, ocurrió en su propia casa. Un mediodía nos deleitó con un asado impecable en su terraza. Desde allí, se abría una panorámica perfecta hacia el patio de la escuela vecina. Fue un momento mágico: durante el recreo, los chicos coparon el patio y, al levantar la vista, todos los alumnos comenzaron a saludar a Pablo con admiración y alegría.

Ver a ese hombre, un veterano que entregó todo por la Patria, siendo reconocido de forma tan espontánea por las nuevas generaciones mientras compartía un asado con sus amigos, nos llenó los ojos de lágrimas y el corazón de orgullo. Él era, sin dudas, un pilar de su comunidad.

Entre duendes, picadas y un Cristo en la niebla

Los días transcurrieron entre caminatas y paradas obligadas para el paladar. Disfrutamos de una cervecería local, donde una generosa picada acompañó las charlas que se extendían hasta tarde.

También desafiamos un día nublado para subir hacia el Cristo Ñu Porá, el icónico mirador que custodia la ciudad desde la sierra. Entre la niebla y la altura, visitamos la confitería del lugar. Allí, además de disfrutar el paisaje místico que regalaba el clima, descubrimos una joya artesanal: unos alfajores únicos, elaborados en horno aleña, que capturaban en su masa el auténtico sabor de las Sierras Chicas.

Confitería Ñu Porá en el cerro de Río Ceballos.

El templo del choripán XXL en Colanchanga

Uno de los puntos más altos de la ruta gastronómica ocurrió cuando Pablo nos llevó hasta el paraje Tomy Tomy, camino a Colanchanga. En ese rincón serrano rústico y
encantador, vivimos una experiencia religiosa para cualquier amante de la comida criolla: probamos los mejores choripanes XXL de nuestras vidas.

El tamaño era imponente, pero lo que realmente nos conquistó fue su sabor; además jugosos, perfectamente condimentados y asados al punto justo. Un clásico cordobés llevado a su máxima expresión en un entorno inmejorable.

El final del viaje: la magia del disco de arado

El último día de nuestra estadía, antes de emprender el regreso a Villa Crespo, Pablo nos regaló una última función culinaria. Envolviendo el ambiente con un aroma irresistible, preparó unos chorizos al disco de arado. Sentados a la mesa, saboreando el jugo espeso de la cocción y compartiendo el pan, entendimos que la comida para Pablo no era solo sustento; era su forma de abrazarnos, de decirnos que estábamos en su casa y de celebrar la vida que con tanto coraje había defendido.

Volvimos a Buenos Aires con las mochilas cargadas de alfajores de horno a leña, pero, sobre todo, con el alma llena.

Hoy, la geografía de Río Ceballos queda unida para siempre a su nombre. Volver a transitar el dique, subir al Ñu Porá o sentarse a comer en las Sierras Chicas será, de ahora en más, una forma de buscar el eco de su risa, de honrar su generosidad y de recordar que los verdaderos héroes también nos guían en la mesa y en el camino. Hasta siempre, Pablo.

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